Diagnóstico Reservado

Una verdadera sorpresa fue encontrarse con los trabajos recibidos del concurso “Diagnóstico Reservado” dirigido a los médicos de todo el país con el auspicio del laboratorio Pharma Investi y el patrocinio del Colegio Médico y la Sociedad de Escritores de Chile. Como integrante del jurado fue interesante comprobar en primera instancia el nivel en el […]


Una verdadera sorpresa fue encontrarse con los trabajos recibidos

del concurso “Diagnóstico Reservado” dirigido a los médicos de todo

el país con el auspicio del laboratorio Pharma Investi y el patrocinio del

Colegio Médico y la Sociedad de Escritores de Chile. Como integrante

del jurado fue interesante comprobar en primera instancia el nivel en el

manejo del lenguaje de los concursantes, todos sin excepción, escapaban

con mucho a la norma que clasifica al lector chileno de los últimos años,

como aquel que no comprende lo que lee y por supuesto tampoco lo que

escribe; se notaba soltura y facilidad en la expresión que se materializaba

en una prosa fluida, es decir, una materia prima apta para acometer el

desafío de uno de los géneros más exigentes de la literatura, el cuento,

cuya estructura otorga pocas licencia o más bien ninguna, aunque

Borges se concediera algunas, pero Borges es Borges, y el resto, incluidos

los médicos, debemos luchar denodadamente con las palabras para

alcanzar esa síntesis que el cuento exige, esa economía de recursos que

apunta al armado de la anécdota, el trabajo sobre una estructura que no

admite distracción, sacrificando bellas expresiones, rasgos encantadores

de los personajes que no contribuyen al resultado final, centrándose en

la urdimbre y la trama sin respiro y por qué no, sin compasión.

La variedad de temas y motivos abordados es también interesante

destacar, desde el viejo conventillo de nuestra literatura vernácula, hasta

el relato de imaginación, los nuevos tiempos vertiginosos de oficinas y

centro comercial, la soledad, el amor y el desamor, los tiempos difíciles,

todo estaba allí en estos cuentos, y por eso mismo, complejo de dar un

veredicto final; sin embargo, cabe también señalar que, entre los jurados

se daba una pre selección de textos prácticamente similar, o con uno

o dos textos no considerados por los otros jurados; en resumen, los

cuentos incluidos en esta selección y que obtuvieron premios o una

mención honrosa, son prácticamente los mismos, y ante la posibilidad de

dejar alguno afuera de igual o similar calidad, se preferenció incluirlos

a todos; por eso no fueron tres cuentos premiados y siete menciones

honrosas, alcanzando un total de diez, sino, aparte de los tres primeros

premios, se optó por otorgar ocho menciones, porque los ocho cuentos

lo merecían a cabalidad.

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Los méritos de los premiados y las menciones otorgadas su lectura

los respaldará, en una interesante muestra además de nuestras letras de

hoy, diversa y novedosa, con un pie anclado en la tradición y el otro

avanzando por los nuevos tiempos, los barrios de ayer y hoy instalados

en la memoria colectiva, la vieja Escuela de Medicina de la Universidad

de Chile surgida sobre y entre los muros del legendario hospital San

Vicente de Paul, el otrora Lazareto de San Vicente de Paul, las avenidas

Independencia y La Paz, los viejos Trolley y las nuevas estructuras

arquitectónicas de cristal, el Chile de las autopistas, la nueva estampa

gerencial, el frío mundo individual, plasmados en esta muestra de

médicos escritores, en un discurso que nos otorga identidad y que deja

de manifiesto su sentido social, su comprensión del humano dolor y el

espíritu del Chile de hoy.

Sólo resta celebrar esta magnífica iniciativa de “Diagnóstico

Reservado” concurso de cuentos para médicos, en tanto, la memoria nos

reclama, cómo no, ese poema fundacional de la lírica chilena “Tarde en el

hospital” de Carlos Pezoa Véliz, su tremenda humanidad, aquí reflejada:

Sobre el campo el agua mustia

cae fina, grácil, leve;

con el agua cae angustia:

llueve…

Y pues solo en esta amplia pieza

yazgo en cama, yazgo enfermo,

para espantar la tristeza,

duermo.

Pero el agua ha lloriqueado

junto a mí, cansada, leve.

Despierto sobresaltado:

Llueve…

Entonces, muerto de angustia

ante el panorama inmenso,

mientras cae el agua mustia,

pienso

Roberto Rivera Vicencio

Presidente

Sociedad de Escritores de Chile


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